Cosas que no quieren cambiar

El fútbol, como la política, como la economía, como la vida misma, suele ser una historia de idas y venidas, de buenos y malos momentos, de inicios y finales, de ciclos que empiezan y ciclos que se acaban. Normalmente, nada se hace perpetuo, siempre se llega a un punto en el que o ya no se puede aspirar a más o ya no se puede caer más bajo. Sin embargo, el Barça, de la misma manera que viene batiendo récords y desafiando estadísticas, está poniendo a prueba esta ley de vida.
El clásico de ayer, que, tras muchos años, traía de nuevo el partido de la primera vuelta al Bernabéu, era anunciado por la mayoría de eruditos del fútbol como el punto de inflexión hacía un cambio de tendencia. Tocaba acabarse ya la hegemonía blaugrana para empezar a mirar hacía un horizonte que lo impregnaría todo de blanco. Había motivos para creerlo. El Madrid llegaba en un estado de forma y con un estilo de juego al que, de distinta manera que en otras temporadas, se le veían pocas lagunas. La diferencia en la clasificación beneficiaba en tres puntos a los blancos habiendo jugado un partido menos que los de la ciudad condal. Para más inri, el equipo de la capital logró adelantarse en el marcador lejos de haberse cumplido aún el primer minuto del encuentro y habiendo salido con una actitud y estilo que lo hacía irreconocible a otras citas.
Sin embargo, hay cosas que parecen no querer cambiar. Tras unos veinte primeros minutos en los que el Barcelona no llegaba a encontrar el camino para hallarse a si mismo y a su juego, las cosas volvieron a su cauce. Andrés Iniesta fue el que poco a poco fue dibujando el camino, Messi el que lo fue luchando, y un pase del argentino, tras deshacerse de varios rivales recordando lo que nunca ha dejado de ser, el que sirvió al debutante en un clásico, Alexis, para que devolviera a los blancos a la realidad de la que llevan tiempo tratando de escapar. De mientras, el astro portugués del Real Madrid, Cristiano Ronaldo, en quien toda la afición tenía grandes esperanzas puestas, solo podía lamentarse de una ocasión fallada minutos antes. Pero las lamentaciones no acabarían ahí, y es que con el juego surgido de la fábrica de la Masia habiéndose impuesto sobre el terreno y tras haberle sonreído la fortuna a los blaugranas con un segundo gol, el portugués volvería a defraudar a su afición cabeceando un balón muy lejos de la portería cuando todo el mundo esperaba el empate. El portugués vio como no lograba acudir al rescate de su equipo en un partido en el que la afición contaba con él, mientras su rival directo, Leo Messi, conducía en compañía de sus compañeros a su equipo hacía la victoria. Con el 1-3 ya no había Real Madrid. Se confirmaba que las cosas en cuanto a clásicos, por el momento, no cambiarían. Se confirmaba que Dios no había querido perdonar aún a los blancos la vanidad y la burda imagen de no hace tanto.
Al final, lo que queda es la imagen de un Barcelona que perpetúa su hegemonía y la de un jugador portugués incapaz de hacer sombra a un jugador que, si las cosas se empeñan en no cambiar, volverá a ser coronado como mejor jugador del mundo. Ahora, queda mucho campeonato, pero, si las cosas no quieren cambiar, al Madrid, igual, le toca seguir esperando.
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