Nuestra democracia

La democracia, en su sentido estricto, no es sinónimo de bien ni de justicia, por duro que suene. El pueblo es arbitrario, se deja llevar por las emociones y como decía Rousseau -y creo haber citado ya- “siempre quiere su bien, pero no siempre logra comprenderlo”. Precisamente por ello, la democracia va mucho más allá en su sentido estricto. La democracia, más allá de la voluntad del pueblo, ampara tres valores sin condición: libertad, pluralidad y justicia. Para garantizar dichos valores como para tomar decisiones políticas beneficiosas para el pueblo, se necesita de la responsabilidad de personas con criterio, que recae en la figura de representantes de la ciudadanía que se comprometen a darle voz en busca de sus intereses en los órganos de decisión. En eso se traduce la democracia representativa, la democracia parlamentaria, sistema mediante el cual se han alcanzado las mayores cotas de derechos y libertades. Decir que la democracia actual se basa en dar voz al pueblo una vez cada cuatro año es, sencillamente, mentira. El pueblo tiene voz cada semana, en cada plenario que convocan las instituciones políticas electas. La tiene a través de su representante, al cual elije, sí cada cuatro años, en función de un programa que establece unos objetivos. Esa es nuestra democracia, y sin duda es el mejor sistema de cuantos podamos tener.

En el último plenario del Parlament de les Illes Balears, el grupo parlamentario de la coalición nacionalista PSM-IV-EN i Més per Menorca propuso la toma en consideración del desarrollo de una ley que permitiera consultas populares en Baleares agarrándose a uno de los artículos del Estatuto de Autonomía que contempla esa posibilidad.
Cierto es que hay que reforzar la legitimidad democrática y regenerar los mecanismos de participación, pero aupando una y otra vez mecanismos como estos que ponen en duda la democracia representativa se está cayendo en el error. Afirmaciones como las que predican que la democracia sólo tiene lugar una vez cada cuatro años son las que deslegitiman el sistema democrático actual, mejorable pero indispensable. “La complejidad de la acción de gobierno aconseja fórmulas de democracia representativa” fue uno de los argumentos expuestos para la votación en contra de la toma en consideración, y sin duda es el mejor argumento de cuantos pueda haber. No obstante, ahora que la necesidad de tecnócratas ha hecho plantearse cual ha sido la virtud de los políticos durante los últimos años, habría que preguntarse si los representantes del pueblo no tendrían que acreditar el criterio del que presumen y que hace apostar por la democracia representativa, para dar sentido a ésta. 

Evidentemente, la democracia puede mejorarse con mecanismos de más participación, que no solo recaen en consultas populares, y con políticos más competentes. Pero, sea como sea, no pongamos en duda la democracia representativa, no pongamos en duda nuestra democracia.

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