Bienvenidos, estamos en crisis

La situación de crisis que ya no vive sólo nuestro país sino el continente entero, es un hecho que absolutamente nadie puede negar. En todo acaso, además, hay que admitir que el caso de nuestro país es especialmente singular, y pese a que no seamos los más desesperanzados, ni los que nos encontremos en la peor situación, tenemos ciertos particularismos que hacen nuestra situación más agravante. Mientras uno de los males es la deuda contraída por el estado, otro, y más particular, es nuestra enorme tasa de paro. Evidentemente la situación no es fácil.
La gravedad del contexto exige de soluciones urgentes, ya que de otro modo estamos condenados. Como solución a la deuda, la consigna es clara: austeridad desde las instituciones públicas. Como solución al paro, la apuesta del Gobierno también lo es: facilitar la contratación, flexibilizar el mercado laboral. La calle, el pueblo, la sociedad, la ciudadanía, no está de espaldas a la situación, algunos viven sus consecuencias muy de cerca, y por lo tanto tampoco debería de estar de espaldas a comprender la dureza de las medidas que hacen falta tomar.
Una de las consignas del Partido Popular en su persecución del gobierno fue que iba a hacer lo que hay que hacer. Un mensaje que daba claramente a entender que no todas las medidas iban a gustar, que sería duras e impopulares, pero que si esas medidas iban a solucionar nuestro males, se iba a tener la valentía para ponerlas en marcha. La reforma laboral va en ese sentido. Está claro que hablamos de una legislación que facilita el despido, que lo abarata y que pone en bandeja a algunas empresas el despido de muchos trabajadores. Sin embargo, esa flexibilización, ese mensaje destinado a los empresarios, grandes, medianos y pequeños, de que se les están poniendo las cosas fáciles, puede ser el estímulo que incentive el iniciar nuevos proyectos, el aventurarse, y por supuesto y como fin último el contratar. No cabe duda, es una apuesta arriesgada, que a corto plazo tendrá consecuencias muy negativas y que a largo plazo dependerá del tejido empresarial de nuestro país. Es la apuesta del Gobierno al todo o nada, un plan de choque que si sale bien acabará con el paro y los perpetuará en el poder durante unas cuantas legislaturas y que si les sale mal les devolverá a la oposición después de estos cuatro años. La victoria o derrota ya no sólo será de partidos, sino también de modelos y políticas económicas.
Ante una reforma tan dura, es normal que se genere malestar entre la sociedad, cierta incertidumbre entre los trabajadores, y de ello no dudan en aprovecharse los sindicatos. Unos sindicatos, que sin embargo, ya no tan sólo no son capaces de dar alternativas de cara a solucionar el atolladero en el que estamos metidos, sino que no son ni capaces de adaptar su discurso a la situación en la que vivimos. Ya convocaron huelga durante la legislatura de Zapatero, cuando éste, por fin, decidió plantar cara a los problemas y redujo sueldos a los funcionarios entre otras medidas. Ahora vuelven a hablar como si no tuviéramos cinco millones de parados, como si no hubiera crisis. Pero no pueden pretender que el mercado laboral, que los sueldos, la contratación y el despido se articulen en tiempos de crisis de la misma manera que en tiempos de bonanza. Los sindicatos hacen bien en defender y manifestar ese malestar de los trabajadores como defensores de sus derechos que se supone que son, pero el primer derecho por el que se deberían haber preocupado es por el derecho a trabajar, y es que tampoco se preocuparon durante la burbuja de la pervivencia de los puestos de trabajo, del modelo económico. Ahí hubiera sido clave su preocupación. Ahora no pueden pretender que el mercado laboral sea un mundo paralelo a la situación económica. Hay que ir al fondo de la cuestión y hacer entender que estamos en crisis y que no podemos permitirnos el lujo de vivir de espaldas a la realidad. Bienvenidos, estamos en crisis.
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