De Sa Ràpita a Son Reus

Llevo semanas escuchando hablar de residuos, de basura, de combustibles y de convertir Mallorca en el basurero de Europa. Observo muchas similitudes con el planteamiento sobre el polémico proyecto hotelero de Sa Rápita. Las coincidencias entre ambos debates son muchas.
La primera: un debate de partida absurdo y superficial. En aquella ocasión fue el ¿es es Trenc o es sa Ràpita? Cosa que se dilucidó rápidamente. En esta ocasión, el debate ha sido ¿es basura o es combustible? La respuesta da parcialmente la razón a unos y otros. Unos y otros aciertan en lo que defienden pero no en decir que el otro miente. El Combustible Solido Recuperado, según su nomenclatura más técnica, es ambas cosas: es basura, residuo, mierda si se quiere, pero a su vez es combustible. Es basura preparada para ser usada como combustible. Debate resuelto.
La segunda coincidencia es que responsables son unos y otros. En aquella ocasión la oposición debía asumir la responsabilidad de haber apoyado la aprobación del proyecto hotelero en el Ayuntamiento de Campos y en esta ocasión de haber aprobado la ampliación de la incineradora la pasada legislatura.
Luego viene la conclusión del no es la panacea del ecologismo pero no es tan malo. Con el tema del proyecto de Sa Rápita algunos se preguntaban por qué un hotel era tan desastroso en ese enclave y no lo era tanto en Sa Colònia de Sant Jordi, mucho más balearizada y cercana a la playa virgen de Es Trenc. En esta ocasión, los datos del impacto de esta práctica presentados como argumentos en su contra demuestran que contamina menos que la incineración de otro tipo de combustibles, como gasoil o carbón, y que el aumento de 200 mil toneladas, de estos residuos, sobre los 8 millones de toneladas de mercancías transportadas actualmente al año apenas se notará en las carreteras como tampoco se notó cuando circulaban por éstas 11 millones de toneladas en 2007. Y sobre el menoscabo de la imagen turística por convertirnos en basurero de Europa pierde fuelle si atendemos a que ciudades europeas como Copenhague llevan a cabo la misma práctica y no tienen esa etiqueta.
De la misma manera que sucedía -y sucede- con el hotel de Sa Ràpita, encontramos que el verdadero problema, el que tocaría ser el auténtico debate, es el modelo en cuestión. En aquella ocasión era el modelo económico cortoplacista basado en el turismo y la construcción del cual somos incapaces de prescindir. En esta, mafiosos aparte, un modelo de eliminación de residuos que se ha olvidado de la apuesta por el reciclaje en beneficio de la apuesta por la incineración. Precisamente esa es la respuesta a uno de los argumentos de los opositores. A la pregunta de ¿y si es tan bueno cómo es que nos lo envían? La respuesta es esa: porque ellos han apostado por otro modelo, porque no tienen plantas incineradoras en las que quemar esa basura tratada y lista para ser utilizada como combustible. Nuestra inversión ha sido equivocadamente esa y ahora toca amortizarla.

No nos convertiremos en un basurero, no habrá que secar la ropa en secadora para que no coja olor en el tendedero, ni tendremos colapsos en las carreteras. Sin embargo, siempre podremos pensar que si desde un principio las cosas se hubieran gestionado bien podríamos tener otro modelo, más moderno y más limpio.

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