Mas, sin más

A estas alturas el batacazo de Artur Mas en las elecciones catalanas es innegable. No solo retrocede considerablemente con esos 12 escaños menos, sino que su objetivo de clarificar el escenario político para emprender su camino hacia el estado propio tampoco ha dado resultado, al confeccionarse un hemiciclo en el que ni tan solo tendrá fácil la gobernabilidad. CiU queda en manos de una resurgida Esquerra Republicana, que incluso podría rescatar de entre el polvo el tripartito, esta vez para liderarlo. Pero más allá de la derrota de Mas y de Convergència i Unió -nadie sabe muy bien si más de Mas, de Convergència o de Unió- el escenario político catalán queda turbio e incierto.
En primer lugar habrá que ver cómo sigue ese camino hacia el estado propio. Los resultados han generado una euforia independentista debido al incremento de Esquerra y a la irrupción de la CUP que sin embargo con la caída de CiU y la desaparición parlamentaria de Solidaritat no debería ser tal, ya que al fin y al cabo la representación independentista baja. Y sí lo que anima es que la representación soberanista -en favor del derecho a decidir y del referéndum, que no necesariamente de la independencia- sube un escaño, aunque puede superar los 100 debido al posible apoyo del PSC, habría que dejar esa euforia en stand by debido al indescifrable posicionamiento sobre la independencia de ICV, que no llega a levantar sus cartas ocultas entre la maleza de su discurso contra los recortes.
Por otra parte, los votos, al margen de su traducción en escaños, animan mucho menos al independentismo, o tocarían hacerlo. El hecho de que, en una comunidad con una población de más de 7 millones de habitantes y un censo de 5 millones, poco más de medio millón sea lo que separe a partidarios y opositores de la independencia, pudiendo llegar a representar incluso menos, deja claro que la independencia provocaría una auténtica fractura social dentro de Cataluña.
Por ese motivo, sería deseable evitar una consulta salvo que sea para conocer esas posturas y poder constatar el desencanto y utilizarlo como argumento en una negociación en la que exigir cambios en las relaciones del estado y Cataluña. Lo sería porque en un referéndum no hay opción de consenso ni de negociación, y la democracia no es un fin, sino una herramienta en favor de la convivencia, y ese ejercicio de la democracia contribuiría a todo menos a eso. El papel que debe tener la democracia en este conflicto es de lograr un entendimiento, un consenso, entre el estado y Cataluña, que satisfazca a unos y otros en la medida de lo posible, porque not Catalonia, not party. Probablemente ese consenso pueda ser el federalismo, aunque el PSC lo haya aguado al no entender que eso no es una solución que se debe proponer sino que debe surgir.
Finalmente, como a Mas probablemente lo del referéndum solo le interesa para lo que le conviene y no vaya a convocarlo para someter sus políticas sociales, esas del “día a día” como las ha definido, deberá encontrar un socio que le apoye. En ese sentido veremos hasta dónde está dispuesta a dejar Esquerra sus principios de izquierdas con tal de conseguir la independencia. Si Esquerra decide mantener la e en sus siglas, Mas se encontrará en una tesitura difícil ya que gobernará a solas, en minoría y con un hemiciclo en contra, hasta la convocatoria de un referéndum que puede ni llegar.
Mas no ha encontrado en el pueblo ni la voluntad que necesitaba para emprender el camino hacia el estado propio ni para gobernar con tranquilidad. La voluntad del pueblo ha dado la espalda a Mas.
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