Virtudes de una tecnocracia

Mario Monti / Sciammarella

Italia cierra hoy en las urnas un periodo de tiempo, un paréntesis político, caracterizado precisamente por la ausencia de ellas. Poco menos de 14 meses ha durado el país transalpino con un gobierno tecnocrático. Los italianos han experimentado durante este año las virtudes y los defectos de una tecnocracia legitimada por el apoyo de las fuerzas parlamentarias y con el voto de confianza de sindicatos y patronales.

Il professore Monti ha ilustrado a través de su propia política las características de una tecnocracia con fecha de caducidad. La falta de legitimidad, al menos por parte de las urnas, se ha visto compensada por un control máximo tanto del poder legislativo como de la prensa, y eso se ha dado gracias a la voluntad del primer ministro tecnócrata de comparecer semanalmente él mismo. Contrastando con un Rajoy que aparece en el monitor y no contesta preguntas, Monti ha dado la cara ante la prensa y ante la cámara italiana semanalmente para explicar cada una de sus medidas con el tono didáctico y pedagógico que le ha caracterizado y que bien le ha valido el apodo de ‘Il professore’.
Pero más allá de las virtudes de una tecnocracia de duración limitada ha mostrado las virtudes de un gobierno técnico, de tecnócratas. Estas virtudes se resumen básicamente en dos: ausencia de ideología y ausencia de populismo. Aunque muchos hayan querido señalar el gobierno de Monti como un gobierno neoliberal o como mínimo de derechas, esas apreciaciones quedan lejos de la realidad. Primero por el pluralismo de sus ministros, con, por cierto, más vinculación con la socialdemocracia que con ninguna ideología liberal o conservadora. Y luego por el corte transversal ideológico de las medidas, las cuales vistas en su conjunto distan de poder ser etiquetadas.

Los paquetes de recortes han sido acompañados de otras medidas bajo esa premisa habitual de la izquierda de tratar de recaudar de los que más tienen: recuperación del impuesto de patrimonio, subida de los impuestos de lujo, recuperación del IBI -el cual también deberá pagar la Iglesia- y una lucha salvaje contra el fraude fiscal que ha destapado 58.000 millones de fraude. Todo eso a la vez que se ha bajado el impuesto sobre las rentas sobre todo en los tramos más bajos o se ha acabado con privilegios de algunos colectivos como farmacéuticos, abogados o notarios. Y finalmente, y probablemente la medida más polémica, una reforma laboral que al igual que aquí pretende abaratar el despido y que tiene la oposición de los sindicatos, pero que a la vez se ha encontrado con una patronal que tras la medida se queja de la rigidez de los contratos. Con todo ello, el país transalpino ha logrado corregir su déficit en más de 30.000 millones y reducir la prima de riesgo a la mitad, pasando de los 575 puntos básicos que alcanzó con Berlusconi a los menos de 300 puntos que presenta en la actualidad. Y esto, además de por la ausencia de ideología en las medidas, se debe a la segunda virtud que presenta la tecnocracia: el no estar hipotecado por las urnas, el poder actuar desde la responsabilidad y el conocimiento y no por el populismo de tratar de agradar a todo el mundo para agarrarse en el poder. En definitiva, un ejemplo de gestionar con criterios técnicos y no electorales.

La gestión de un gobierno tecnócrata ha demostrado ser más efectiva que la de la mayoría de gobiernos demócratas. Sin embargo, en pleno siglo XXI desconectar a la ciudadanía del poder, recuerdan demasiado a actitudes paternalistas y totalitarias que no pueden ser resucitadas. Por lo tanto, la pregunta es: ¿Cómo confluir las virtudes de la tecnocracia con las bases y valores de la democracia? Monti tratará en estas elecciones italianas de ponerlo a prueba y mantener su gobierno tecnócrata con el respaldo de las urnas -aunque sin someterse directamente a ellas- optando como cuarta fuerza a ser primer ministro -nada que espante en Baleares después de veinte años de Maria Antònia Munar-. Sin embargo, la respuesta a la pregunta planteada no necesita de experimentos, y alguien me lo hacía ver así el otro día: Traer las virtudes de un gobierno tecnocrático a una democracia sólo se trata de educación y madurez democrática, de que la propia ciudadanía desde un criterio crítico y responsable acabe apostando por políticos técnicos y responsables y no por populistas y demagogos.
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