El Plan Bosch

Rafel Bosch tenía un plan. El exconseller de Educación, artífice del TIL original, tenía muy claro qué senda debía seguir para alcanzar sus objetivos. Maestro del equilibrio, queriendo hacer las cosas sin molestar a nadie, hizo las cosas a disgusto de todos. Al final quedó siempre solo, forever alone. Sin embargo, es muy probable, que con él la polémica del trilingüismo hubiera andado por otros cauces. 

El TIL original llevaba el ADN del exconseller. El artículo 20 no fue ningún descuido ni error del antiguo titular de Educación. Con él, el TIL quedaba diseñado para no disgustar a nadie, salvo a los más extremistas, quienes el propio Bosch insistió en demostrar que le importaban poco. El exconseller se encargó de un decreto que, aunque acababa con la inmersión lingüística, dejaba la puerta abierta a una mayor presencia del catalán. Y esa puerta era el artículo 20. Esa hubiera sido la baza de Bosch para hacer lo que ni pasó por la cabeza a sus sucesores, dialogar con el sector educativo y consensuar la aplicación del decreto. Con Bosch no habría habido ni instrucciones, ni expedientes, y la crispación y tensión no habrían llevado el decreto a los tribunales. Es probable que hasta se hubiera evitado la huelga y el curso habría comenzado con relativa calma y con un TIL consensuado con el sector educativo sobre algún compromiso futuro. Bosch habría conseguido así, no sólo dejar la libre elección en los mínimos que establecía el Tribunal Superior de Justicia -sí, ese tribunal-, es decir, en primera enseñanza, sino que habría logrado desterrar la inmersión sin traumas y conseguir la presencia de las tres lenguas en las aulas, la única manera de conseguir lo que él desde un principio prometió, que los alumnos de Baleares acabaran su etapa educativa dominando las dos lenguas cooficiales y una extranjera. No obstante, el plan de Bosch sí tenía una laguna: Estaba pensado para ser ejecutado únicamente por él. Las ambigüedades del TIL que él debía aprovechar para hacer sus juegos y malabares de talante y equilibrio podían ser un auténtico polvorín en manos de alguien que no fuera él. Y como marca la Ley de Murphy, salió de la peor manera que podía suceder. 
El día que Bauzá dispuso la Conselleria de Educación al Círculo Balear, fusiló a Bosch como ofrenda, puso de consellera a nadie y de segundo al ventrílocuo que debía hablar en boca de la primera, todo el plan saltó por los aires. La afinidad personal, que nunca ideológica, de Bauzá con su antiguo profesor sirvió para que Bosch encontrara un hueco como asesor de Economía, una posición demasiado alejada para poder interferir o ya poder hacer algo sobre lo que se avecinaba. El resto de la historia es de sobras conocida. Con el plan Bosch no habría hecho falta plan B.
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