Y sin embargo, te quiero

Las cosas han cambiado entre nosotros. Me has tratado mal, me has puesto las cosas muy difíciles. ¿Tanto te importa ella? Me has dicho cosas muy feas que yo también te podría haber dicho, pero ni lo he hecho, ni lo haré. ¿Por qué? Porque te quiero. Has sido imprescindible en mis méritos y en mis éxitos. Te debo tanto. No estaría aquí si no fuera por ti. Pese a todo, pese a que el destino nos ha separado, sigo respetándote. Te sigo valorando por quien eres. Siempre, pase lo que pase, te defenderé, aunque tú no lo hayas hecho por mi. Puedo decir que te has portado mal conmigo, te diré que te has pasado. Y sin embargo, te quiero. 
Entre línea y línea del auto de imputación de la Infanta Cristina, Castro destapa sus sentimientos en su relación con el fiscal Horrach. Eran una gran pareja, un tándem perfecto. Dos cracks que se pasan y devuelven la pelota hasta meter gol. Juez y Fiscal, codo con codo contra la corrupción en la Islas. Un idilio de película. Sin embargo, la imputación de la Infanta les ha separado y distanciado. Han sido capítulos amargos en su relación. Y así se lo reprocha Castro a Horrach.
Castro no entiende que se hayan separado por ella. Según él, el Fiscal “se empecina en el debate de si en este momento Doña Cristina Federica de Borbón es inocente o culpable”. Y eso no debería haberles separado: “Ya se verá”, le dice, dejando las diferencias para más adelante e intentar recuperar ahora su relación. El juez no entiende a Horrach ¿Por qué hacerlo todo tan difícil?, viene a preguntarle. “Lo fácil que resultan algunas imputaciones y lo poco menos que imposible que devienen otras”, le hace reflexionar el juez instructor al Fiscal, comparando su oposición a la imputación de la Infanta con su rápida solicitud de imputar al responsable de Gestha, los técnicos de Hacienda. 
Pero además de la incomprensión y del intento de acercamiento, hay reproches. Castro muestra su dolor. Reprocha a Horrach haber dicho que la imputación de la Infanta respondían a “motivaciones personales ajenas a la legalidad”. ¿Por qué, si yo todavía no había hecho nada?, le pregunta Castro entre líneas a Horrach. Le hace darse cuenta de su error y le dice que se ha pasado. “El procedimiento judicial persigue la verdad material, no aspiraciones o sospechas personales, deformándola”, esa fue la frase que dolió al juez. Para Castro, ahí el Fiscal “perdió las formas”. Y no sólo ahí. Yo podría haberte hecho daño, y no lo hice, mientras tú sí, le lanza el juez instructor a quien fue su pareja de baile: Horrach dijo que se estaba imputando a la Infanta, por “ser quien es”, Castro lamenta que “el Ministerio Fiscal sustente un criterio que con la misma falta de rigor podría sustentarse al contrario, pero que ni por asomo [Castro] insinuaría”.
Pero pese a tantos reveses en la relación y pese a los reproches, pese a todo, Castro no olvida. No olvida los buenos tiempos, la nostalgia le inunda y el cariño hacia su compañero en Fiscalía se hace patente: “La memoria suele ser frágil, pero no para este proveyente”, avisa, “ya que el cuotidiano quehacer procesal no le permite olvidar que Pedro Horrach ha venido impulsando de manera activa y brillante la investigación”. A Castro le queda mucho amor, y, como el agradecimiento de quien recibe un premio, cita el papel de Horrach en la causa como “absolutamente imprescindible” y “sin cuya intervención llegar a estas alturas del caso no hubiera sido posible”. Todo se resume en un gracias compañero, en un y sin embargo, te quiero.

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