La Infanta fue igual

La filtración del vídeo de la declaración de la Infanta es realmente trascendente. Los poco más de cinco minutos de imágenes de la hija del Rey ante el juez son una prueba fehaciente, aunque sesgada, de lo sucedido en el interior de la sala. La grabación contrasta las informaciones que salieron del interior, que bien hubieran podido ser interesadas ante el abanico de posibles fuentes. Además, más allá del enfado del juez por haber incumplido sus órdenes, nadie debería haberse molestado por que haya trascendido de manera tan evidente lo ocurrido en el interior. Mucho menos a Casa Real, queriendo ser ahora abanderada de la transparencia en las instituciones.

Lo que del vídeo se desprende es lo que se había dicho ya: que la Infanta fue evasiva en sus respuestas. Sin embargo, eso no debería haber defraudado las expectativas de nadie, algunas ni tan solo satisfechas con las contadas respuestas. Se pedía que la Infanta fuera como cualquier otro ciudadano ante la justicia. Y al margen de la puesta en escena de la declaración, lo fue. La hija del Rey declaró como un ciudadano cualquiera: se defendió, rechazó responsabilidades y descargó culpas sobre otros. Muchos no eran conscientes al pedir la imputación que este sería el resultado. La Infanta, como explicó su letrado, Miquel Roca, declaró “su verdad”, y al hacerlo no hizo nada más que lo que se le pedía o por lo que había sido citada.

La Infanta jugó con la baza de su presunción de inocencia, que no es sólo una formalidad en el tratamiento, sino el principio en que nadie debe demostrar su inocencia, sino que se debe demostrar su culpabilidad. Tras el interrogatorio del juez Castro, Horrach dijo que la declaración apoyaba la tesis que él había defendido. Cabe preguntarse si lo que respaldó la postura del fiscal fueron las respuestas o si bien fueron los silencios y evasivas de la Infanta. Si con sus evasivas la Infanta nada ha aportado a la instrucción, sí respaldaría los escritos del Fiscal en los que exigía algo más que sospechas para imputarla.

La Infanta jugó sus cartas a la perfección. Sencillamente, no tiró piedras contra su tejado. Declaró como cualquier otro ciudadano. Ahí, la Infanta fue igual.

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