Mi no entender, pero si iguales son

Me perdonarán los puristas por esta entrada. Yo también noto la diferencia. Pero seamos sinceros, ese matiz, ese regusto que los hace diferentes, nadie sabe describirlo. Todo el mundo tiene su preferencia, todo el mundo sabe cuál le gusta más y cuál menos. Pero eso sí, si nuestra favorita falla, queda la otra. Tantas marcas que compiten entre sí. Tantas marcas que se presumen tan distintas de su rival, pero cuya diferencia, ni ellos saben explicar, si no es bajo un bonito eslogan. Que si el nuestro tiene grumos, que si somos la chispa de la vida, que si somos los de siempre. Al final, acabamos eligiendo a una y no a otra. Claro, son diferentes. Pero nadie, ni el más entusiasta y adicto, es capaz de describir la diferencia. “Es que no sabe para nada igual”. ¿Ah no?  Al fin y al cabo son dulces, tienen gas y cafeína. “Ya, pero no son lo mismo”. Ya, ese matiz, ese gusto indescriptible. Son casi iguales y es lo que pretenden. Buscan ser lo más parecidas a su rival. Mis consumidores ya los tengo, quiero los de la otra.
Ese gusto indescriptible que gusta a unos y no a otros, y que divide a los consumidores, es lo que a estas alturas distingue a las dos marcas, ninguna blanca, de las primarias socialistas. Francina Armengol y Aina Calvo, Aina Calvo y Francina Armengol, tan parecidas y tan diferentes. Todo el mundo tiene su favorita. Sin embargo, más allá de la fidelidad a la que nos entregamos a las marcas, no está muy claro qué las distingue. Y no digo que sean iguales. Pero es eso, al final lo que las separa es ese sabor que gusta más o menos, pero que nadie es capaz de describir. Si quitamos eslóganes, tras las caras que actúan como marca, cuesta atender a diferencias. De momento, propuestas las mínimas, ya que, de ganar, las políticas y líneas con las que se presentarán quedan pendientes de una futura conferencia política del partido. Curriculum similar: unas elecciones ganadas y otras perdidas. Ideología, la misma si se presentan para defender las mismas siglas. Cuando parecía que en la cuestión lingüística podía haber matices, ambas luchan por ser idéntica a su rival. Ambas tienen su etiqueta, pero cuando nos damos cuenta que están vacías de contenido, se hace evidente que no es más que eso, una etiqueta. Una defiende la continuidad, pero no está claro de qué; la otra el cambio, pero tampoco sabemos de qué. Al final, lo que las distingue es la marca: su cara y su nombre. Y ese gusto, que sí, que las hace distintas, que prefieren más o menos unos y otros, pero que al final, nadie sabe describir. Y como he dicho, me perdonarán los puristas.
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