Ellos

No fueron a votar. Se quedaron en casa. Son ellos. Las cosas les podrían ir mejor, pero aguantan, que no es poco. Son los que votaron a Aznar cuando pensaban que era centrista y los que luego votaron a Zapatero porque coincidían en que los homosexuales debían tener los mismos derechos. Con Rajoy hubo reparos, pero como habían oído que la culpa era de Zapatero le tuvieron que castigar. Les llamaban los indecisos, y parecían representar una masa grande, que se alternaba entre PP y PSOE. Esta vez no han ido. 
Son los que dicen que la política no les interesa demasiado, pero iban a votar. Querían participar. Nunca han creído en utopías, ni en grandes ideales. No pedían mucho: sólo vivir con tranquilidad, estabilidad, y, ¿por qué no?, poderse permitir algún capricho. Aguantan. Pero no les va tan bien como quisieran. A su alrededor hay a quien le va incluso peor. Mucho peor. ¿Qué hacen los políticos? se han preguntado más de una vez al ver algo que veían injusto. Les han contestado con palabrería. Se la creyeron antes, pero ahora ya no. Ya no cuela. Por eso no van. 

Son 80 mil votos en Baleares que pierden entre PP y PSOE. Y sí, puede que parte del voto socialista se haya fugado a la izquierda. Hay muchas opciones. Pero los números no cuadran. Como no cuadra que gente que votara al PP haya votado a partidos más a la izquierda del PSOE. También faltan los votantes del Pi: ¿dónde están si es que existen? Ahí están los de Izquierda Unida, los de UPyD, y también los de Més. Estos últimos repartidos entre ERC, Primavera Europea y algunos, seguro, a Podemos. Los números cuadran. Excepto eso. Faltan votantes del PP y algunos del PSOE. Y son ellos. Y no han ido por eso. Porque a quienes votaban no les dan soluciones. Y miran con recelo a quienes vienen. No piensan en el TIL, en la Ley de Símbolos, en la farmacia de Bauzá ni hubieran votado distinto si Aina Calvo hubiera ganado. Lo que ocurre es algo mucho más grande
No se nota en la abstención. Otros han ido en su lugar. Esos que antes se sentaron en la Plaza de España -esos que la llamaron de Islandia-. Esos que salieron del letargo y vieron que eran tantos que tal vez valía la pena acudir a las urnas, que primero apostaron por el voto nulo como protesta y luego empezaron a hablar de los minoritarios. Han ido en su lugar. Les han relevado. Ha habido un relevo electoral.  La historia del oso Waldo. El relato del personaje televisivo que cargaba contra los políticos diciendo lo que la gente quería oír hasta tener la popularidad para presentarse a unas elecciones y ganarlas que imaginó la serie británica Black Mirror, hecha realidad. Y así: Podemos, tercera fuerza.

Mientras, sin ellos, los grandes se hunden. Ahora apenas representan a la mitad. Los ven y piensan que es lo que se merecen. Se decepcionan al ver que el mensaje que querían enviar quedándose en casa no les ha llegado. Que siguen igual. A lo suyo. Y se preguntan si algún día volverán a votar. Y si no lo hacen, a quién les tocará aguantar.
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