Algunos hombres buenos

¿Hasta qué punto es un episodio anecdótico y no una dinámica estructural y generalizada? Miquel Deyà pega un portazo y se va. Empieza siendo por “motivos personales” y tras un poco de periodismo se acaba sincerando: “Me negué al traslado del profesor que me exigían la jefa del SOIB y la consellera”. Masticado: un exalto cargo del Govern reconoce haber recibido presiones para recolocar a conveniencia a un afín del partido. Más sencillo aún: amiguismo a costa del dinero de todos.

Aquí nadie se despeina. La consellera Núria Riera lo admite. Dice que pidió el traslado y la comisión de servicios. ¿Su defensa? No pidió nada “ilegal”, asegura. Con lo que viene a decir: ¿Qué más da que sea higiénicamente cuestionable si la ley lo permite? Si es que lo hace, claro.

Deyà se niega pero dimite por la presión recibida. “Tengo muchos defectos, pero la gente que me conoce sabe que siempre ha sido una persona recta”. Sí, no se va quién idea la jugada y quien busca la corrupción -en su sentido más amplio-, sino quien antepone la rectitud a los intereses de afines. Con todo, podría pensarse que se trata de un exceso puntual de una persona que está en la administración.


Podría pensarse. Pero no es la primera vez que asistimos a un episodio similar. “Tienen razón los que aseguran que yo antepongo los intereses de la ciudad y de los ciudadanos a los intereses del partido. Es verdad, y eso es absolutamente innegociable, no estoy dispuesto a cambiar ni a renunciar a ello”. Así anunciaba el alcalde de Palma, Mateo Isern, que no se presentaba a la reelección. Su partido le retira el apoyo y la confianza y le empuja a partir. Hasta el día de hoy no se ha expresado un solo motivo para retirar esa confianza. La única versión dada es esa: el actual juego político no perdona descuidar los intereses y necesidades del partido al que te debes.


Y la principal necesidad de los partidos es la misma que la de cualquier tribu: alimentar a todas las bocas que dependen de ella. Si ha sido claro Miquel Deyà o lo ha sido Mateo Isern, más lo fue Antoni Mesquida. Fue nombrado conseller a disgusto de quién lo nombró solo para relajar a un colectivo médico en rebeldía. Tres meses después dejaba el cargo. Sus principios habían chocado con esas necesidades partitocráticas: “La mitad del PP no ha visto bien que yo no colocara a quienes ellos querían”. Así de claro lo dijo. “Si yo hablo de sanidad despolitizada, quiero que quien trabaje conmigo sea gente con profesionalidad, con transparencia, con ética. No necesito gente de partido”. ¿Para estar en la administración del actual Govern, se valora más el carnet de partido que la valía profesional? “No es un problema solo de este Govern, es un problema que tienen todos los partidos. Deben colocar a los suyos”. 

La administración se ha convertido para los partidos en la manera de alimentar a los suyos: el enchufismo, el amiguismo, los colocados a dedo. Y así queda de relieve. No es censurable la digitación de cargos de confianza -que para eso son de confianza-. Siempre y cuando esa confianza venga dada por la profesionalidad y capacidad del digitado y no por su carnet político o vínculo familiar. También cabe hablar de personas que reciben un sueldo público por un trabajo que no ejercen. Allí están algunos asesores que cobran de lo público el trabajo que hacen para sus partidos.


Llegados a este punto se hace inevitable hablar de casta. Pese a simplista y falto de definición, el concepto sirve. Sería esperanzador pensar que quién enarbola la bandera en su contra acabará con esas prácticas. Pero allí tenemos las conclusiones de la Universidad de Málaga sobre los incumplimientos contractuales de Errejón. Donde la trampa es compararlo a la corrupción de quien ha gobernado. Lo grave que subyace al asunto es el amiguismo. El responsable de supervisar, Alberto Montero, también de Podemos, haciendo la vista gorda a los incumplimientos de su amigo. Mantener la sonrisa es reírse de la gente.
¿Cómo cambiar eso? ¿Cómo acabar con el amiguismo? Tal vez baste con principios. Tal vez sea suficiente contar con algunos hombres buenos.
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