Esa sonrisa detrás del mostrador

Así lucía Vall d’Or y mi padre en los 80. La tienda vivió muchos cambios con los años, pero la sonrisa detrás del mostrador siempre estuvo ahí.

Somos esclavos de nuestras circunstancias. Por eso, no puedo evitar sentir tristeza cuando veo que la mercería Casa Bet se dispone a bajar la barrera para siempre. Con la familia Cortès, que durante décadas ha regentado el negocio, tengo mucho más en común que el apellido. También soy descendiente de pequeños comerciantes, conozco lo qué es el pequeño comercio y sé lo que es decir adiós a toda una historia. Durante cuarenta años mi padre sacó adelante la joyería Vall d’Or junto a la estación del tren en Sóller. Cada día abría a las 10.00 en punto. Nunca ni un minuto más. “El día que abres diez minutos tarde, el jornal del día ya ha venido y se ha encontrado cerrado”, decía. Ahí empezaba el día. Ahí estaba él, detrás del mostrador, repasando que todo estuviera perfecto cuando llegara el cliente, siempre con una sonrisa. Eso cuando no se esmeraba en el taller para poner a medida un anillo o grabar una pulsera, siempre con un ojo hacia la puerta.

Cada venta la hacía con absoluto mimo, teniendo en cuenta cada detalle. “Pasa una mosca y has perdido la venta”, comentaba desde la experiencia. Nunca se escatimaba en simpatía, en confianza, ni tampoco en sinceridad. Lo importante era que el cliente saliera satisfecho, porque sólo así volvería. Y en ese modo de trabajar, en ese modelo de negocio, lo importante no era que vinieran clientes, lo importante es que volvieran. Y lo hacían.

El cliente nunca era un número. No era sólo un código a apuntar en un dietario. Cuántas amistades se hicieron con el paso del tiempo. Cuántos fieles clientes. Cuántos hijos que cogían el relevo de sus padres a la hora de elegir dónde comprar un regalo. Cuántos turistas para los que ir a verle era una parada obligatoria en su visita a Sóller cada verano. Cuántas caras de tristeza y anécdotas contadas cuando llegó el momento en que mi hermano les tuvo que decir que él ya no estaba. No es de extrañar. Bromeaba, hacía cumplidos, se sinceraba, escuchaba. Paraba el tranvía si hacía falta. Cuántas veces pidió dos minutos a los maquinistas para que esperaran a que al cliente se le pasara la tarjeta de crédito. Si el Corte Inglés ha parado algún bus para hacer una venta que me lo digan. Ahí está el valor añadido.

Y eso fue su vida. Sabiendo que el pan se ganaba día a día. Que el día malo suponía tener que compensarlo con otro o apretarse el cinturón a final de mes y que el día bueno debía ser tomado con la prudencia de no saber que pasaría al siguiente. Que al autónomo, a las facturas y a los impuestos no les importaba lo que hubiera en la caja. Por eso, a él le daba igual cómo se encontrara, cuántos días hacía que había salido del hospital o los puntos que llevara. Sacaba las energías, ponía una sonrisa y se colocaba detrás del mostrador. Si años atrás no le detuvo encontrarse un butrón, las vitrinas vacías y la inversión de años saqueada en una noche, nada le podía detenerDe hecho, cuando se fue, nos dimos cuenta que la tienda no era su vida, que la tienda era él. Por eso le encontrábamos en cada rincón. En pequeños detalles que nunca habíamos visto pero que él había colocado ahí. Caímos que daba igual lo que cambiáramos de lugar, que todo seguía estando firmado por él, que todo llevaba su impronta, que seguía estando ahí.

La crisis también nos obligó a poner punto y final a una historia. Una historia de más de 70 años, de sacrificio y esfuerzo, donde primero mi abuelo en la platería La Luna y luego mi padre con Vall d’Or, dieron vida, como tantos otros pequeños negocios, a las calles de Sóller. Cuando el local quedó vacío, fue cuando mi padre se fue definitivamente.  Por eso, no puedo evitar pensar que, del mismo modo, cada vez que cierra un pequeño comercio no nos despedimos sólo de un escaparate, sino de los rostros que durante décadas hicieron de su tienda su modo de vida y que con trabajo y sacrificio dieron vida a ese lugar. Nos despedimos de aquellos que siempre, desde detrás del mostrador, pusieron una sonrisa. Sí, esa sonrisa brillante y esa mirada ilusionada.

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