Bauzá y el corazón delator

Lo fácil sería levantar la tarima y clavarle el puñal al corazón. Pero es tarde. Todo el mundo vería que hasta este momento ha estado compartiendo habitación con el cadáver.

El crimen había sido perfecto. Aparentemente no quedaba rastro. Lo había descuartizado con saña. Más por necesidad que por convicción. De hecho no tenía ninguna, ninguna razón para hacerlo. Hasta se llevaba bien con el anciano. Pero le incomodaba. Le incomodaba aquel ojo. Nunca sabía hacia donde estaba mirando. La pupila despistaba y era algo que le desquiciaba. Por eso muerto estaba mejor. Sus restos mutilados yacían ahora escondidos bajo de la tarima.

El relato de Edgar Allan Poe en El Corazón delator encaja perfectamente con la sepultura que desde que llegó a la presidencia del PP José Ramón Bauzá le ha querido dar a eso que llaman ‘el viejo PP’, el PP de Matas. El viejo engendro en el que se había convertido el partido entre imputaciones, acusaciones por corrupción e incluso delitos confesos, era para Bauzá como el viejo al que el personaje de Poe se ve obligado a matar.

 Como en el relato, el líder popular tampoco tenía nada personal contra ‘el viejo’, pero ese rasgo desagradable en su rostro era incómodo. Porque la corrupción es incómoda para cualquiera que se proponga gobernar y mantenerse en el gobierno. Sin opción de sacarle el ojo, lo más fácil era acabar con él. En el relato, el personaje se ceba por desquicio. Bauzá lo hace con saña para que quede en la galería. En la violenta acción se ven mutilados muchos más miembros del viejo que el ojo, con la única culpa de haber formado parte de ese cuerpo. Ahí están las defenestraciones de los imputados que Bauzá no llevó a listas y que vieron la absolución.

Bauzá, como el protagonista, esconde los restos debajo de las tarimas de madera del suelo. Concluido el trabajo, se confía en que los miembros mutilados nunca los vaya a encontrar nadie, que el viejo esté bien muerto. Como en el relato, Bauzá descuida una cosa: acabar con el corazón. Un corazón que en el partido tiene nombre y apellido: José María Rodríguez.

Dejar ese corazón escondido pero sin un rasguño en la descuartización del cuerpo nunca le haría pensar que le desquiciaría, que le volvería loco. Pero su latido es más tormentoso para el personaje de Poe que aquel desagradable ojo. Cuando llega la policía al lugar del crimen aparentar tranquilidad le es complicado, ya que con el latido del corazón en su mente ni él puede creérselo. Lo mismo le ocurre a Bauzá, que intentando convencer de la muerte del viejo PP, retumba ese corazón en su cabeza, preside el partido en Palma y le hace imposible creer lo que dice.

Para Bauzá es peor que para el protagonista del relato, ya que para éste último sólo él oye el latido. Para el presidente del PP es mucho más complicado. Todo el mundo oye y ve el corazón latir perfectamente. Lo ve el fiscal Horrach, que acusa al corazón de haber entregado sobres con dinero negro. Algo de ese viejo PP sigue latiendo bajo las tarimas del suelo y hacer como si nada es complicado. La presión para Bauzá es absoluta y no menos incómoda que aquel ojo. Lo fácil sería levantar la tarima y clavarle el puñal al corazón. Pero es tarde. Y requiere valentía por las consecuencias que tendría. Además, con todo el mundo mirando, al levantar el suelo saldría el hedor de la putrefacción en su propia casa y todo el mundo vería que hasta este momento ha estado compartiendo habitación con el cadáver. 

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