La oferta

Mas ya ha acabado de excavar el agujero en el que enterrarse. Ya sólo le quedan días como president. Su fracaso está en que su lista sola queda por debajo en escaños de las cuatro listas del no: 62 a 63. Ni una abstención de la CUP le permitiría la investidura. Pero más lejos de Mas, el proceso independentista sigue adelante en Cataluña. Si no valían como expresión ciudadana las multitudinarias movilizaciones de los últimos años, en las urnas y con la participación de la mayoría silenciosa ya se sabe que los catalanes que preferirían estar fuera de España, fueran cuales fueran las consecuencias, roza la mitad.

Diría que es la última oportunidad, pero esa ya pasó mucho antes de que se convocaran estas elecciones, cuando después de dos años en que Cataluña ya había hablado, no hubo ni un sólo acercamiento entre el Estado y la Generalitat. Ahora ya no hay interpretaciones que puedan negar qué pide Cataluña. De hecho, independientemente de quien sea el próximo presidente catalán, de lo primero que hará su Parlament, expresión de la voluntad democrática, será aprobar una declaración institucional en la que manifestará su intención de convertirse en un estado independiente. El mensaje ya no será una cadena humana o una concentración en forma de V, sino la postura de un parlamento surgido de unas elecciones en donde el punto que más claro estaba era la relación con el estado que defendían cada una de las candidaturas.

 
Una vez se oficialice ese mensaje tendrá que prepararse una respuesta. Una contestación que deberá llevar al próximo gobierno de España a sentarse con el Govern de la Generalitat. Y si algo debe salir de esa reunión es una oferta, o contraoferta, según se mire. España debe subir la apuesta que lanza el independentismo. La clave de las elecciones de ayer es precisamente eso: el independentismo no se enfrentaba a nada. Su propuesta a los catalanes no tenía competencia. Enfrente, sólo un discurso que señalaba las desventajas y riesgos de la independencia, pero ninguno que defendiera las bondades y beneficios de la unión. Lo más parecido, un discurso abstracto sobre la posibilidad de mejorar esa unión, sin concreción alguna.
 
Ahora, después de que Cataluña manifieste su voluntad en firme, debe llegar esa concreción. Ya no puede tratarse de contraponer las ventajas y desventajas de una opción. El proyecto independentista debe tener un proyecto competidor, del que también se puedan juzgar sus ventajas y desventajas. La existencia de ese proyecto alternativo no sólo Cataluña lo agradecería.
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