Al PP sólo le queda el yoga

Algún genio pensó que la manera de disimular la división era hacer el espectáculo más llamativo posible, así nadie sospecharía. Foto: I. Buj

Toll-Mesía es al PP lo que Codony es al Pacte: ese duendecillo que se te pone en el hombro y te susurra al oído lo inútil que eres. Cuando el síndico de Podemos se aferra a su silla pidiendo que no se haga el informe sobre que haya accedido al cargo sin la formación exigida, hay que recordar que éste accedió a la plaza con los votos del PP. Al final, habrá informe, pero que los populares le votaran con el piloto automático sin saber a quién votaban escandaliza incluso más que el hecho que Podemos haya colado un síndico afín pese a no tener la titulación requerida.

El PP vive en un estado que supera la interinidad. Tras perder un tercio de sus votantes, los populares sufren una situación de tormento y crisis existencial que ni todos los conocimientos psiquiátricos del doctor Lázaro pueden ayudar a superar. Apurándome, me atrevería a decir que ni todas las grapas de Kovacs serían remedio para el malestar que atraviesa el PP. El último síntoma de la crisis de identidad de los populares fue abandonar el pleno durante la votación de la derogación de la Ley de Símbolos. El debate interno del PP de si representar a sus votantes, a los que les dejaron de votar o a los que les gustaría que les votaran se resolvió con una postura tan incomprensible como ridícula: no votar. Propusieron consenso pensando que recibirían un portazo del resto de fuerzas que les serviría como pretexto para abandonar el pleno y pese a recibir respuesta de PSIB y Pi, decidieron seguir con el plan y abandonar el hemiciclo. Sabían perfectamente que la votación seguiría adelante. Si Podemos y Més hubieran aceptado también estudiar una opción de consenso nada hubiera cambiado. El único objetivo era salir de allí. Algún genio pensó que la mejor manera de disimular la división interna era hacer el espectáculo más llamativo posible, así nadie sospecharía.

Más allá del paripé, la discusión previa evidencia que el PP es víctima del adjetivo que tanto gustó de usar la legislatura pasada contra los partidos que ahora gobiernan: está desnortado. 

No se entienden las voces de los populares que propusieron de un inicio no votar en contra. Está claro que perder 70.000 votantes obliga a la reflexión y a matizar posturas, pero los 120.000 votantes que conservan, si les votaron en mayo es porque, aunque a muchos pueda sorprender, les gustó la gestión de Bauzá. 

Si algo es importante para la democracia, es que las diferentes sensibilidades sociales estén correctamente representadas. Que el PP olvidara a quien representa es preocupante y es que a su crisis de personalidad se le está añadiendo amnesia y una deriva bipolar. El descalabro electoral justifica la autocrítica, fer un pensament y hasta un cambio de línea para ofrecer en las próximas citas electorales un producto capaz de llegar a más electores. Pero el actual contrato firmado en las urnas entre representantes y representados es con el producto diseñado por Bauzá.

La solución de proponer reformular la Ley de símbolos desde el consenso era sensata y Miguel Jerez supo defenderlo: mantener la defensa de la necesidad de la norma pero cediendo a su modificación como expresión de autocrítica sin dejar de actuar como oposición. Sin embargo, a partir de ahí sólo había dos opciones: votar a favor de la derogación si se respondía al ofrecimiento de consenso o, si había negativa, votar en contra. Salir no representaba a nadie ni a nada y lo único que hacía era dejar claro la división interna de los populares, que no se encuentran a sí mismos.

La confusión del PP es tal que se hiere a sí mismo. El PP pide perdón por la confesión del extesorero del partido y cuñado de Matas, Fernando Areal, la quinta -tras Daniel Mercado, Rodrigo de Santos, Aina Castillo y Luís Bárcenas- que destapa la corrupción sistémica del partido, mientras mantiene de presidente en Palma a José María Rodríguez, a quien Fiscalía acusa de lo mismo que Areal y que no enjuicia sólo por haber ya prescrito los supuestos delitos.

El reto del PP de reencontrarse es tan complicado como delicado. Debe calibrar muy bien el tiro porque nunca antes había tenido alternativas a sus dos lados: si en la vuelta al regionalismo se pasa de frenada beneficiará a Ciudadanos, que se ha acostumbrado a alimentarse exclusivamente de los deméritos de los populares y lo ha demostrado esta semana llenando el hueco vacío que dejó el PP en la defensa de la Ley de símbolos; y si por el contrario, no consigue moverse de la línea españolista de Bauzá, beneficiará al Pi, que tras el portazo de Més, vuelve a hacer guiños al votante moderado de los populares. El camino del Partido Popular hacia su nuevo yo no es sencillo. Tal vez se encuentren en la meditación. Ya sólo le queda el yoga. Namasté.

 

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